Hoy te voy a contar la historia de cómo el vodka pasó de ser una rareza sospechosa a meterse en una de cada cinco copas que se servían en Estados Unidos. |
Es una historia de casualidades, errores, ingenio y de echarle mucho, pero mucho morro. |
El vodka llevaba siglos siendo la bebida nacional rusa. Pero cuando estalló la revolución de 1917, la familia Smirnoff, proveedora de la corte imperial, tuvo que huir a Francia con la receta bajo el brazo. |
Los derechos para Estados Unidos terminaron, por 2500 dólares, en manos de un tal Rudolph Kunett, que ahorró centavo a centavo durante años para poder abrir la primera destilería americana de vodka Smirnoff en 1934. |
El problema es que el vodka se consideraba un aguardiente ordinario, de sabor muy fuerte y, para colmo, venía de un país "políticamente sospechoso". Las ventas nunca pasaron de 6.000 cajas al año. Kunett, agotado, acabó vendiendo los derechos a cambio de 14.000 dólares y un puesto de trabajo a John Martin, dueño de una pequeña empresa de salsas que sobrevivía a duras penas. |
Martin no tenía ni idea de cómo vender vodka. Pero era muy observador. |
Un error en el embotellado hizo que toda una partida se vendiera en pocos días. Resultó que usaron los tapones de un intento anterior de hacer whisky y se vendió el vodka como "whisky blanco". |
Cuando fue a comprobar con el cliente, se dio cuenta de que la gente lo mezclaba con leche, Coca-Cola o lo que fuera, para suavizar el fuerte sabor.
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Aún no lo sabía, pero aquel descubrimiento conspiraría a su favor más adelante.
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Unos años después, ya terminada la Segunda Guerra Mundial, Martin seguía con el mismo problema de fondo: cómo conseguir que los americanos bebiesen vodka de la misma manera que bebían whisky o ginebra. |
Una noche de primavera de 1946 se encontró por casualidad, en un restaurante de Beverly Hills, con un viejo conocido llamado Jack Morgan. Y con una amiga de Morgan que estaba esa noche con ellos. |
Morgan tenía un problema: nadie quería su ginger ale. |
La amiga tenía otro: había heredado una fábrica de cobre y no sabía qué hacer con ella. |
Y Martin, su problema de siempre. |
Esa noche, mataron los tres pájaros de un tiro mezclando vodka, ginger ale, unas gotas de lima y todo ello servido en una taza de cobre. |
Lo llamaron: Moscow Mule. |
Y aquí viene la jugada maestra. |
Para que los camareros de Beverly Hills empezaran a servir la nueva bebida "de moda", Martin se fue a visitar bar por bar con sus botellas de Smirnoff. Enseñaba a hacer la receta del Moscow Mule y, al terminar, le hacía una foto Polaroid al camarero sirviendo el combinado, sonriendo a cámara. |
Le daba una copia al camarero. |
Y se quedaba con la otra. |
Entonces el muy zorro le enseñaba la copia al camarero del bar siguiente. |
"Mira lo que ya está haciendo tu competencia." |
Ningún camarero quería ser el único de la zona que no servía el combinado de moda, así que cuando Martin terminó su recorrido por todo Beverly Hills, ya todos los bares estaban pidiendo vodka a gritos. |
Menudo genio el vendedor de salsas, ¿qué te parece? |
Y esa es la historia, minimalisto. La de una cena con tres personas compartiendo sus frustraciones alrededor de una mesa, y que de esa conversación saliera uno de los combinados más icónicos del siglo XX. |
Y es que el poder de la creatividad en grupo es lo más. No me canso de decirlo. |
Así que ya sabes. Si algo no te está funcionando busca compartirlo con otros. Quizás encuentres la forma de crear algo totalmente nuevo.
Sobra decir que me fliparía que contases conmigo para ello. Estoy a un "responder" de distancia. |
¡Que tengas un buen domingo!
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