El otro día vi un reel de Joseph Gordon-Levitt, el actor, que tuve que compartir en mis stories de Instagram.
El reel decía algo así:
Los tiranos aman vernos pesimistas. Les viene bien que pensemos que no hay esperanza, que no hay solución, que la humanidad está podrida y condenada. Que no hay nada que hacer.
Les viene bien porque, si piensas que todo es una mierda, si la gente es una mierda, si todo el mundo es corrupto y miserable… quizás llegues a encogerte de hombros y tolerar que esos poderosos lo sean. ¿Cómo vas a señalar con el dedo al tirano corrupto si piensas que todo el mundo lo es? ¿Cómo vas a confiar en que algo cambie?
El argumento es que, sea quien sea que ocupe un lugar importante, se va a corromper y se van a ir por el desagüe todos sus ideales. Todos los políticos/empresarios/ricos/poderosos son iguales.
Además, se promueve la idea de que los optimistas son personas infantiles, ñoñas, ignorantes que no ven la realidad.
Ingenuos.
Pero es, en realidad, lo contrario.
(Esta parte del vídeo me voló la sesera)
Resulta que los ingenuos son los pesimistas.
Los optimistas ven y huelen la podredumbre. Son capaces de ver la brutalidad y la tragedia en el pasado y en el presente y, aun así, dicen: “Ya, pero podemos hacerlo mejor”.
Quizás no sea ingenuo. Quizás sea necesario que existan las personas optimistas.
Los pesimistas no pelean, no se organizan. Se han rendido.
Los pesimistas mantienen a estos tiranos haciendo de las suyas porque han bajado los brazos y no piensan hacer nada al respecto.
No van a votar en las próximas elecciones. No investigan formas para parar los pies a los oligarcas. No dejan de consumir productos que saben que alimentan al monstruo.
¿Cuánta gente a tu alrededor es pesimista sobre el futuro, sobre el trabajo, sobre la IA, sobre el coche eléctrico, sobre las nuevas generaciones, sobre el mercado, sobre la tienda del barrio, sobre yo qué sé… cualquier cosa?
Yo es que a veces abro LinkedIn y me vengo abajo, de verdad te lo digo.
Queja tras queja tras queja tras queja.
He dejado de seguir a mucha gente. Incluso en la vida real, tengo amigos a los que evito porque sé que la velada va a ser una tortura de negatividad.
Yo me declaro una optimista sin remedio. Lo tengo escrito en mi “manual de marca”. Es un valor innegociable.
Cenizos, go home.
Ser optimista es ver la realidad y, a pesar de todo, pensar que todo puede ir bien.
Y, tras ver este reel, pienso que requiere grandes dosis de valentía. Es ver la oportunidad, tener una corazonada y, a pesar de las variables que pudieran salir mal, sentir que sí, que irá bien.
Me ha pasado muchas veces. Me he caído y levantado tantas veces que no puedo no ser optimista.
Estaría siendo negacionista ante todas las evidencias de que, aunque todo parezca una mierda, pasan cosas buenas. Hay gente buena. Aparecen oportunidades.
SIEMPRE
Empecé esta newsletter sin expectativas, para poder expresarme con más libertad, y ya tengo 100 personas aquí leyéndome cada domingo.
Y a veces unas 8000 o 500 en LinkedIn, según tenga el día el algoritmo.
Joder… ¿En qué época habría tenido la oportunidad de que me escuchara tanta gente? Y cada día tengo una opción: transmitir pesadumbre o transmitir esperanza.
(Una vez más, la responsabilidad creativa)
Por eso, cuando compartí ese reel, el comentario que puse fue:
“Comunicar desde el optimismo no es de happyflowers. Es NECESARIO.”
Transmitir que se pueden hacer las cosas distintas. Organizarse con personas que sumen fuerzas. Ser alguien que aporte un poquito de luz.
La comunicación que estamos llevando durante el lanzamiento del Lab de Emprendimiento Neurodivergente es en esa línea de “hay esperanza”.
Queremos cambiar el mundo de esas 15 personitas. Y vamos a sumar todas nuestras energías para lograrlo. Y si no, aprenderemos de ello.
Un abrazo, minimalisto.
Si tienes el día gris, espero haberte soplado alguna nube.
Disfruta de tu domingo.
Ana
P.D: Si eres neurodivergente, lo sospechas, o conoces a alguien que lo pueda necesitar, entra o comparte:
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