Hoy quiero contarte algo que he vivido el sábado, que me ha dejado el corazón
calentito y dando vueltas a lo bonita que es la comunicación entre personas.
Todo empezó hace varias semanas con la llamada de Diana, que estaba con algo de
ansiedad. El motivo: la celebración de la comunión de su hijo, el mejor amigo
de mi peque.
Son uña y carne, pasan los fines de semana juntos, hasta el punto que sus
padres y yo bromeamos diciendo que los tenemos en custodia compartida.
Diana es colombiana y lleva poco más de tres años aquí.
Su ansiedad estaba justificada porque ella trabaja en un hotel de 5 estrellas
del pueblo y lleva tiempo viendo el lujo y el presupuesto que supone celebrar
una comunión en este país.
La suerte, quizás, o que Dios las cría y ellas se juntan, es que Diana fue a
preguntarle a alguien que vive y piensa de forma sencilla. Y que cree que ser
cristiano es radicalmente opuesto a la opulencia que causaba ansiedad a mi
amiga.
"Diana, lo de las comuniones en este país se nos ha ido de las manos. Si me
preguntas a mí, te diré que no es normal". - Le dije.
"Ay, Ana, yo es que intento integrarme y acomodarme a las costumbres, ¿sabes?
Me pasó con el primer cumpleaños que celebré de Cris en casa, organizando
juegos en el campo", se lamentaba. "Cuando vi que todo el mundo lo celebraba en
locales de fiestas y tal, me sentí mal por mi hijo".
"Es que lo de los cumples también se nos está yendo de las manos, querida",
suspiré. Otra vez la suerte de que diera con una que es fan de los cumples en
casa.
"A tu hijo lo único que le importa es estar con la gente que le quiere", le
dije.
Y ahí quedó la conversación...
Ayer, sábado, era el gran día. Mi hijo estaba invitado, pero, al preguntar cuál
era el plan, sin querer me vi involucrada.
Me dijo que iban a ser muy poquitos y que si me quería quedar a celebrar, era
superbienvenida. Yo quiero mucho a ese niño, así que me tuve que tragar mi
frasecita de madre motivacional.
Pero, ostras, qué mierda. No tenía ninguna gana de pasar mi sábado en una
comunión, la verdad.
Pero el plan era la anticomunión: picnic campestre en
el Puerto de Canencia.
Salir de la iglesia, cambiar tacones por zapatillas y vestido por chándal, e
irnos a pasar la tarde comiendo, paseando, jugando y charlando en el bosque.
Preparé con amor un termo gigante de café. Tres cafeteras del Juan
Valdez que me regaló mi suegra y que guardaba para cuando se me acabase el
mío.
Por sus caras tomando su "tintito" supe que agradecieron el detalle.
Yo tampoco esperaba disfrutar tanto de su identidad cultural.
Me he pasado el día anotando expresiones, preguntando, escuchando, hasta el
punto de que mi acento madrileño me empezó a dar un poquito de rabia.
Se dirigen de
usted con dulzura, con cariño.
Se expresan con palabras que aquí dejaron de usarse hace tiempo.
He gozado mucho, pero mucho, de las conversaciones.
Y a la vez me he puesto un poco triste.
Porque gran parte de la conversación ha girado alrededor de los papeles y de
las dificultades que han tenido y aún tienen para ser ciudadanos con derechos,
aunque lleven 3, 5 y hasta 8 años en el país.
Son gente currante, educada, emprendedora, amable, honrada, que solo quiere
vivir sin sobresaltos. O al menos, sin esos sobresaltos.
Que lo único que desean es que su hijo, que ama el fútbol, pueda federarse y
jugar los partidos con sus compañeros. O que divorciarse de un desgraciado no
suponga un cristo legal.
No sabemos lo privilegiados que somos hasta que hablamos con el vecino de
fuera.
Y, fíjate, que esto no lo vi venir.
Porque a la hora del café apareció Imane, vecina y compañera de trabajo de
Diana y a la que conozco de vista del colegio y algún sarao del AMPA.
Imane es marroquí y lleva 30 años aquí.
Una mujer musulmana acompañando a un niño cristiano en su primera comunión. Una
mujer inteligente, empoderada, luchadora, divertida… una auténtica gozada de
persona.
Su escandalosa risa nos acabó contagiando a todos.
Hacía TANTO que no me reía hasta dolerme la tripa… que he sentido que se me
reconciliaba el alma.
Qué bonito es conocer al vecino, coño, pensaba volviendo a casa. Qué privilegio
es conectar de manera entrañable (de entraña a entraña) con alguien.
Yo lo tengo tan claro, minimalisto, que por mucho que nos empeñemos en entrenar
a la inteligencia artificial para que hable como nosotros, la
comunicación o es humana, o no será.
Y de esta burra no me bajas.
Que tengas un feliz y sencillo domingo, si te dejan. :)
Yo he quedado hoy a comer con unos humanos muy majos, gente sencilla y con la
pizquita justa de locura, de la comunidad de emprendedores más
entrañable que he conocido hasta el momento.
P.D. ¿Qué tal si dejamos de sofisticar tanto todo (comuniones, cumpleaños,
planes editoriales, contenidos...)? He visto a gente pidiendo créditos para
pagar la comunión del niño y prompts tan largos como este email para redactar
un email.
P.D.2. Si has llegado hace poco a esta lista y te gustaría leer los emails
anteriores, puedes hacerlo aquí.
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